Ensayo de apertura · serie «Casas portátiles»
Inventario de las cosas que no nos cabían en la casa
Mi abuela guardaba la sal en un frasco de Nescafé y la lengua materna en una caja de galletas. Sobre la herencia que no se hereda: lo que una familia decide cargar de un país a otro, y lo que deja, deliberadamente, en la banqueta.
Hubo un tiempo en que toda la familia cupo en dos maletas y una caja amarrada con mecate. Lo recuerdo porque mi madre lo contaba como quien recita un inventario notarial: dos cobijas, el molcajete, los papeles, una virgen de yeso que llegó descabezada y a la que nadie tuvo el valor de tirar. Lo demás se quedó en la banqueta de la calle Mina, en Monterrey, ofrecido en silencio a los vecinos que fingían no mirar.
No emigramos por hambre ni por miedo, esas dos razones nobles que la crónica prefiere. Nos fuimos porque mi padre consiguió un trabajo y porque a los treinta y dos años todavía se cree que la vida es un sitio al que uno llega, no un lugar del que uno se va. La diferencia es enorme y tardé veinte años en entenderla.
Una casa, descubrí entonces, no se mide en metros cuadrados sino en aquello que estás dispuesto a cargar. Mi abuela hizo su propio inventario y fue terminante: la sal viajaba —siempre la sal, en un frasco de Nescafé sellado con cinta— pero el piano vertical, que nadie sabía tocar y que llevaba treinta años desafinándose contra la pared del comedor, se quedaba. Lo que no suena, no se carga, dijo, y cerró la discusión con la autoridad de quien ha enviudado dos veces.
Una casa no se mide en metros cuadrados sino en aquello que estás dispuesto a cargar.
Pienso ahora que ese fue mi primer poema: una mujer decidiendo, a las seis de la mañana, qué objetos merecían cruzar la frontera de su propia vida. La herencia, me parece, no es lo que recibimos sino lo que alguien antes que nosotros se negó a abandonar.
El frasco de Nescafé
Tardamos tres días en carretera y la sal viajó en el regazo de mi abuela todo el camino, como un animal pequeño que pudiera escaparse. En cada caseta de cobro la apretaba un poco más. Yo creía entonces que la cuidaba por mezquindad —la sal cuesta nada— y me costó años entender que no era la sal lo que cargaba, sino el gesto de salar: la mano de su madre sobre la olla, el modo en que en esta familia se mide el mundo en pizcas.
Cuando por fin desempacamos, en una cocina que olía a pintura nueva y a nadie, lo primero que hizo fue abrir el frasco y echar una pizca al aire, como quien bautiza un barco. «Ya estamos», dijo. La casa no fue nuestra cuando firmamos los papeles ni cuando colgamos la virgen descabezada en su clavo: fue nuestra esa tarde, cuando la sal de la calle Mina aterrizó en un piso que todavía no sabíamos nombrar.
Lo que dejamos en la banqueta
Del piano nunca volvimos a hablar. Supe, mucho después, que los nuevos dueños lo regalaron a una secundaria y que ahí, desafinado y todo, alguien aprendió a tocarlo. Me gusta pensar que mi abuela tenía razón por las razones equivocadas: que el piano no se cargó no porque no sonara, sino porque para que algo suene de verdad a veces hay que dejarlo donde pueda ser de otros. Lo que no suena en tu casa, quizá suene en otra. Esa es, si la hay, la única herencia que reparto sin culpa.
Notas al pie
- Pieza original de la abuela materna, comprada en el mercado Juárez en 1958. Sigue en uso.
- La autora desarrolla esta distinción —entre llegar e irse— en su conferencia en la Feria del Libro de Monterrey, recogida en nuestro Número 9.
- Idea que la autora atribuye, sin poder confirmarlo, a una conversación con su madre; nosotros tampoco hemos hallado la fuente, y dejamos constancia de la duda.
Renata Quezada Mondragón · «Inventario de las cosas» · primer texto de la serie «Casas portátiles», Número 12.
XIV